Inicio una nueva sección en este Blog de «Reflexiones Primum non nocere» con una anotación de un libro que estoy leyendo recientemente del autor José Ramón Ayllón titulado «Ética razonada» de la Editorial Palabra. En su tercera parte, «Problemas éticos de nuestro tiempo«, Capítulo 14. Respeto a la vida, comienza citando unos párrafos de genetista J. Lejeune pertenecientes a una comunicación a la Academia de Ciencias Morales y Política de Francia, de la que fue miembro.
Considero de sumo interés lo que este científico escribía en los años sesenta del siglo pasado. Léanlo con calma y espero que con ello alcancen la profundidad de su pensamiento porque todavía está vigente su lección.
«La primera célula que se divide activamente y va a alojarse en la pared uterina, ¿es ya un ser humano distinto de su madre? No solamente su individualidad genética está perfectamente establecida, sino que -cosa increíble- el minúsculo embrión de seis o siete días, con solo milímetro y medio de longitud, es ya capaz de presidir su propio destino. Es él y solo él quien, por un mensaje químico, estimula el funcionamiento del cuerpo amarillo del ovario y suspende el ciclo menstrual de la madre. Al cabo de un mes medirá cuatro milímetros y medio, su corazón minúsculo late desde hace una semana, sus brazos, piernas, cerebro y cabeza están ya esbozados.
J. Lejeune (Montrouge, 1926 – París, 1994)
A los dos meses de edad mide tres centímetros de la cabeza a las posaderas. Cabría en una cáscara de nuez. Dentro de una mano cerrada sería invisible. Pero abrid la mano y vedlo casi acabado: manos, pies, cabeza, órganos, cerebro. Todo está en su sitio y solo tiene que desarrollarse. Una gitana podría leer la palma de su mano y
echarle la buenaventura. Con un microscopio sencillo podréis distinguir sus huellas digitales. El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que el dedo pulgar, existe realmente: no el de la leyenda, sino el que cada uno de nosotros hemos sido.
A los tres meses, cuando un cabello toca su labio superior, vuelve la cabeza, bizquea, frunce las cejas, cierra los puños, aprieta los labios, después sonríe, abre la boca y se consuela tomando un trago de líquido amniótico. A veces nada vigorosamente en su globo amniótico y lo recorre en un segundo.»
La ciencia nos descubre cada día las maravillas de la existencia humana escondida, ese mundo de los hombres minúsculos, más maravilloso que el de los cuentos de hadas. Porque los cuentos fueron inventados sobre esa historia verdadera, y si las aventuras de Pulgarcito han encantado siempre a los niños es porque todos los niños
y todos los adultos un día fueron Pulgarcito en el seno materno.
¿Quién puede condenar a la inocencia misma? Porque si decidimos sobre el futuro de un feto, estamos decidiendo sobre el hombre que está ya ahí, despertándose. El enfermo en coma profundo o bajo anestesia total no piensa. Le vemos inerte, insensible, sin entendimiento. ¿Por qué en esa ausencia total de actividad mental seguimos considerando sagrada su vida? Porque esperamos que despierte. De
igual manera, pretender que el sueño del no nacido no es el sueño de
un hombre, es un error de método. Porque si todos los razonamientos no lograran conmovernos, si se considerara insuficiente toda la biología moderna, un solo hecho lo conseguiría. Esperen un poco: aquel que parece una morula informe nos dirá algún día que era y llega a ser, como nosotros, un hombre. Y la experiencia lo prueba.
No ocurriría nada igual si nosotros hubiéramos predicho tal acontecimiento a propósito de un tumor, o incluso de un chimpancé.»
