En el libro de Scott Hahn y Brandon McGinley «Es Justo y Necesario. Por qué el futuro de la civilización depende de la religión verdadera» se hace una crítica de la sociedad en la que nos ha tocado vivir dominada por una «cultura secular, idólatra y nihilista«. En el se defiende que sin un retorno a la virtud de la religión nuestra civilización acabará descarriada perdiendo su norte y su sentido porque se trata de una cuestión de justicia reconocernos, en el orden de la creación, como criaturas.
A lo largo de las páginas de esta obra podemos encontrar varias alusiones al tema del aborto provocado.
Del capítulo 3: «La Religión es una cuestión de justicia«, podemos extraer la siguiente cita:
Las faltas contra la justicia contravienen el orden divino del que precisan la paz y el bien común. Por eso las autoridades civiles tienen el mandato de preservar y buscar la justicia. … La injusticia, por una parte, distorsiona el orden social al arrancarlo del orden cósmico. Y tal como sabe cualquiera que haya entrado a un aula de preescolar, el desorden genera más desorden. De forma parecida, la injusticia tiende a crecer en el orden social. Basta pensar como la aberrante injusticia del aborto afecta de lleno al modo de pensar la maternidad, la paternidad, el matrimonio y la sexualidad. Más concretamente, el aborto legal genera la expectativa de que los niños discapacitados, por ejemplo, los diagnosticados con síndrome de Down, serán eliminados, generando y agravando así el estigma contra los defectuosos.
En el capítulo 4: «La Justicia es individual y comunitaria«, los autores dejan escrito también lo siguiente:
Más importante aún resulta cuando se entiende que la justicia y su resultado, la paz pública, es un deber comunitario, que no se circunscribe a los individuos. Estos son bienes comunes que resultan, sencillamente, incomprensibles según el canon individualista. Cuando la justicia se deniega por sistema, aunque se deba a la acción de jueces y jurados individuales, el fracaso recae en la comunidad política al completo. Por ejemplo, los diez millones de abortos provocados en Estados Unidos desde el caso Roe contra Wade son un pecado social, violento y, en cierto sentido, un fracaso sin precedentes de la sociedad a la hora de asumir el bien más básico, que es la protección de los vulnerables y su propia supervivencia a través de las generaciones. Sin justicia no hay paz.
…
Todos hemos oído esta protesta: ¿cómo te atreves a utilizar una ley para imponerme tu moral? Es curioso que este sermón se aplique sobre todo cuando alguna propuesta política busca convertir un principio cristiano tradicional en ley; cuando es una norma secular la que se impone, entonces se ve como algo bueno y natural.
Aquí, el laicista perspicaz podría añadir: «Ah, pero es que si alguien exige, por ejemplo, el derecho a abortar o a difundir pornografía, sólo está pidiendo que el gobierno no se inmiscuya en sus libertades personales. Es una posición moral neutra, ¡nadie te obliga a abortar o a consumir pornografía si no quieres!».
Por supuesto, quien afirma esto no cree, en realidad, que la libertad para asesinar a un niño no nacido o para acceder a obscenidades sin límite sea «moralmente neutro» para la sociedad en conjunto. De lo contrario, le sería indiferente que el aborto o el porno fuesen ilegales. Está claro que le preocupa mucho, porque considera que es mejor -moralmente más adecuado- que la sociedad disfrute de esas libertades. El argumento de la autonomía o la libertar no es «neutral» bajo ningún concepto; expresa de un modo sincero y total que la libertad del gobierno para obligar a realizar determinadas acciones crea una sociedad mejor que aquella en que esa libertad está restringida.
… Cuando nos despojamos de las anteojeras individualistas y nos damos cuenta de que las familias, las comunidades y la naciones tienen una existencia, unos deberes y un bien que buscar que le son propios, entonces comprendemos cómo las leyes, las normas y las costumbres bajo las que vivimos abogan por una visión moral, e influyen en nuestra forma de pensar acerca de la verdad, la bondad y la justicia.
En el capítulo 8: «El secularismo es idolatría» podemos leer:
El aborto adopta cada vez más la forma de un sacramento demoníaco. Proyectos como «Habla de tu aborto», que animan a las mujeres a describir su experiencia en redes sociales, y a explicar cómo el aborto las he empoderado y reafirmado, busca que ese procedimiento se convierta en algo cotidiano, casi un rito de paso, como un bautizo violento para la madurez perversa y la economía adulta, eucaristía sangrienta en la que la víctima inocente se consume bajo las llamas o en unas instalaciones de investigación biomédica. Si la socidad no se fundamenta en el sacrificio incruento de la Misa, otros sacrificios ocuparán su lugar. No tenemos nada que envidiar a los aztecas.
Para terminar con una nota de esperanza cierro esta entrada con el siguiente extracto del capítulo 15: «El futuro de la civilización depende de la religión verdadera«, último párrafo de este libro que puede obtenerse en la página web de la Editorial Palabra «Es justo y necesario» (seguir vínculo).
Sin amor no somos nada (cfr. 1 Co 13, 1-3). Con el amor, que incluye hacer justicia a Dios mediante la virtud de la religión, nuestras almas y nuestra civilización serán más hermosas que nada pudiese imaginar esta cultura secular, idólatra y nihilista.
